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Nos habíamos acostumbrado mal… A tener un genio sin saberlo, a tener un ángel sin serlo… El, que con el rostro serio, sonrisas nos ilustraba. Y sólo debía hablar, pues sin moverse y sin mirar, lograba llegar a lo que quería mostrar: palabras y risas que hacían pensar! Tanguero de alma y profesión, erudito en la materia de la melancolía, de letras, de clasificados; quisiera tenerte hoy para decirte, Coco querido, que contigo hemos aprendido que mientras estemos vivos, nos animemos a decirnos que nos apreciamos, que el tango une… No fue inútil tu morir; ¡aprendimos! Quedate tranquilo. Lástima, que te tuviste que ir.
Anamaría Blasetti
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