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Vivía retirado. En un geriátrico del que, a veces, salía, cuando pasaban a buscarlo los amigos. Ya no podía tocar el piano, que era su otra mitad. Pero igualmente seguía. Quizá, contabilizando en su mente los momentos de su gloriosa trayectoria, que junto a su talento, su autenticidad y su hombría de bien lo habían hecho acreedor al cariño de quienes lo conocimos, lo admiramos y lo quisimos. Hasta que el 22 del pasado setiembre nos dejó para siempre.
Fue, sin duda, el más célebre de los solistas de piano con que contó el tango. Se llamó Juancito Díaz (Juan Víctor Díaz, en sus documentos). Había nacido en Molina, Santa Fe, el 14 de junio de 1914... Pero él lo contaba mejor: "Nací en Molina, en el hogar de Juan Tomás Díaz y Dolores Lizanzo. Mi familia dio varios músicos: mi hermano Carlos, violinista, y mi primo Fulvio Salamanca. Me crié en Peyrano y debuté en Rosario, paradójicamente, tocando a la vez en los hoy míticos prostíbulos de la calle Pichincha, a escondidas de mis padres, y en un circo. Apenas adolescente, ya dirigía mi propia orquesta. Pero la meta era Buenos Aires, donde se inició la parte conocida de mi itinerario".
Y llegó a Buenos Aires y fue porteño por adopción. Aquí, anduvo durante un año (1940) tocando con Manuel Pizarro. Pasó, luego, por las típicas de Ricardo Malerba, Raymundo "Mumo" Orsi -además de músico, wing izquierdo de Independiente-, Tito Martínez y Juan D’Arienzo. Simultáneamente, ponía su cuota pianística al bar Vieux Paris, de Paseo Colón e Independencia. Allí, se decidió su destino; abandonó al "Rey del Compás" y se convirtió, para siempre, en solista.
Paseó nuestra música por Francia ("cuando llegué a París, la encontré empapelada con afiches que anunciaban mi actuación", recordaba), España, Suecia, Suiza -donde fue admirado nada menos que por Arturo Rubinstein- y toda América. Actuó en radio (El Mundo, Belgrano, Splendid y Provincia), tocó en mil y una confiterías, y protagonizó la película "Adiós, muchachos".
Parece que nadie se dio cuenta de todo eso: "A mí, sólo me ha premiado el público con su aplauso", nos precisó con una mezcla de pena y orgullo. Por lo tanto, decidimos entregarle, en la Academia Porteña del Lunfardo, el merecidísimo Diploma a la Gloria del Tango, que se otorga a contadas personas. Juancito lo recibió -no sin emoción- de manos de José Gobello, el 19 de diciembre de 2003.
Pero también fue -aunque pocos lo sepan- un talentoso compositor. Algunos de sus tangos son "Pampa y huella", "Ladrón de sueños" (ambos con Héctor Marcó), "Betty-di" (dedicado a su hija Beatriz), "Ya te hice el tango, vieja", "Me presento así", y el vals "Lloré por los dos" (con Campagnale).
Por auténtico, sencillo y cordial, y por haber estado siempre dispuesto a la gauchada, quienes te admiramos desde siempre, quienes fuimos tus amigos, no podemos más que sentirnos enormemente agradecidos a tu paso por la vida. ¡Gracias, Juancito, por todo lo que nos has dado desde tu piano y desde tu amistad inolvidables!
Roberto Selles
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