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El 2 de febrero falleció el maestro. Quedé perplejo, pues hace poquísimo lo tuvimos en la Academia. Hoy, con gran tristeza, quiero referirme al día que lo conocí en el piso de Hiroko Matoba en el elegantísimo barrio de Aoyama. Hiroko había comprado un grand piano de concierto y me invitó a cantar en una fiesta privada donde iba a estar el troesma. Los invitados eran top. La combinación de Valente con el Yamaha me producía inquietud porque no había micrófono y temía tener que forzar la voz.
Llegué algo tarde. Ya desde el palier podía escuchar un torrente de notas que brotaba con energía del instrumento. Hiroko me hizo pasar, con sigilo. El piano estaba frente a la puerta y mi primera visión fue ver al maestro Valente con su pelada y la ágil metralla de su toque, que de pronto cedía lugar a un legato prodigiosamente dulce. Mi temor se transformó en terror. Competir con ese gigante prometía ser una ordalía.
Me toca el turno: "Tomo y obligo, en re, maestro", solicito. En la introducción, su sonido seguía enérgico pero atento. Cuando empecé a cantar, sus dedos adquirieron una sagacidad de toque sorpresivamente invitante. Se formó al instante una maravillosa comunión musical. Cantar con un músico de tamaña sensibilidad fue mi mejor experiencia hasta hoy como solista.
José María Kokubu Munzón
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