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Fundación Pro Academia Nacional del Tango

Cuadro de Amigos de la
Academia Nacional del Tango

Auspician:

CÓMO CONOCÍ A ROSITA QUIROGA

La vi por primera vez la tarde en que la Academia Porteña del Lunfardo le rindió su homenaje público en el ya legendario salón de la Franco Argentina. Después de aquel día volvimos a encontrarnos un par de veces (la noche de la entrega de los Farolitos de oro fue una de ellas) y nuestro intercambio de palabras nunca fue más allá del "mucho gusto" o el "cómo está" que las circunstancias imponían.
Poco tiempo después habríamos de recordar juntos la frialdad de aquellos encuentros, tirándole la bronca al hada de la simpatía por haber estado mezquinándonos varita.
En realidad, con Rosita Quiroga, que de ella se trata, nos conocimos, y para siempre, en 1972, una mañana en la que me sorprendió visitándome en mi consultorio del Centro Médico Asistencial Buenos Aires.
Desde entonces, y sin andar con el tensiómetro y el recetario a cuestas, fue mucho lo que reímos y caminamos juntos. (¡Y pensar que las estadísticas dicen que la hipertensión voltea, que la artrosis limita el movimiento y que a los 78 años ya no se busca tener nuevos amigos!).
Lo cierto es que iniciamos una amistad que, durante diez años ininterrumpidos, supo de la llamada telefónica casi a diario y de periódicas cenas, muchas de ellas compartidas con amigos comunes en un restaurante de Belgrano y Entre Ríos. Veladas aquellas que solían prolongarse en su departamento hasta las 4 o 5 de la mañana. A Rosita le gustaba compartir la noche con amigos. Era de buen diente, de tiro largo, y seguirle el tren era algo que nos complacía.
Pero no todo era francachela y cordialidad. Sabía tener sus berrinches.
Y aunque era un hecho frecuente verla montar el picaso en pelo y con facilidad, no lo era menos el verla luego regresar al tranco luciendo una sonrisa entradora y haciendo gala de su buen humor. Sus broncas, difícilmente duraban más que lo que dura la llama de un fósforo.
Tal vez el secreto de sus tan vitales 88 años, residía en el don de haber podido mantener intactos gran parte de su capacidad de asombro y un entero sentido del humor.
Como médico, de ella he podido aprender que a la depresión y al reuma también se los puede combatir eficazmente comenzando a estudiar música a los 80 años. Me lo enseñó la noche en que presentamos el segundo número de El Lunfa en el teatro Lasalle, donde, después de ejecutar piezas de Tárrega y Albeniz, se confundió en un abrazo con Edmundo Rivero y nos dejó el recuerdo de una Rosita que sabía esquivarle el bulto a los achaques y a las depresiones sin más ayuda que la de su vieja guitarra.

Una anécdota:
Una noche, en el restaurante Gambrinus de Villa Urquiza, Rosita Quiroga me inició en el ya olvidado arte de tirar manteca al techo, catapultándola mediante un seco cimbronazo de servilleta. Muchos años antes, ella lo había aprendido de un tal Cosenza, un verdadero maestro, según me contó, con un amplio dominio de esa técnica para dejar a tan blandengue proyectil pegado en el techo. (Claro que lo más divertido venía después, cuando la manteca comenzaba a gotear sobre alguna cabeza que acertaba a pasar por el lugar).
Nuestro intento de aquella noche, no fue precisamente con manteca sino con migas de pan, las que sin haber alcanzado la ansiada meta del cielorraso, terminaron capotando en la ensaladera de una mesa vecina.
Después de las correspondientes disculpas, nos consolamos mutuamente de aquel fracaso echándole la culpa al mozo, por habernos dejado con sólo una panera durante casi veinte minutos.

Y otra más:
Hubo un tiempo en que, con Rivero y el Dr. Sierra, conformamos un trío y dábamos conferencias sobre tango y lunfardo (ilustradas con anécdotas y canto por parte de Rivero) en bibliotecas populares y otras instituciones barriales. Ahora bien, cuando Rivero, por sus compromisos, no podía concurrir, la que lo reemplazaba era Rosita Quiroga.

Luis Alposta